Cuando dices adiós, todas las paredes se caen. Todas las batallas se pierden por un caballero, y todas las carreras se pierden por una cabeza. Si improvisas una sonrisa, yo te regalo un collar Chopard, tal y como soñaste aquella noche primaveral. Haces que saque mi mejor parte. Consigues que desee ser el caballero del swing, que canta y baila elegante, portador de un smoking, en un elegante club neoyorquino, al más puro estilo Sinatra. Eres el arte que tantas veces he encontrado, pero con una diferencia, eres un largometraje clásico, de los buenos. Eres danza exquisita, de vueltas y vueltas en la noche. Volemos juntos, contemplando cada monumento y edificio importante como si de tu cuerpo se tratase. Los expertos en pintura aún no se han licenciado como yo, en el arte de mirar tu preciosa sonrisa, de la que Mona Lisa siente envidia por ti, y Leonardo por mí. La banda sonora la ponen tus labios dejando paso a tu suave voz. Tu pensamiento afín al mío recuerda que es importante tener ideas básicas sobre el Puente Aéreo. Y mientras tu estés en Boston y yo en California todo seguirá igual, incluso mejorando a cada día que pasa. Tu vitalidad, tu sonrisa, tu ilusión, tu amor al arte y tu deseo de ser feliz guardando un orden proporcional al amor y lujo, son los detalles que más me llaman la atención. Y para poner la guinda al pastel prohibido, dejaré caerme en tu playa, llena de extrañas personas que tanto me odian como temen, abrumado por la posibilidad de ganar batallas, y perder la guerra. Abrumado, porque eres bella desde la primera letra de tu nombre, hasta la última de tu segundo apellido.
Resultaría imposible no echarte de menos.
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